Potojsi..




Envuelta en nubes de misticismo y realidad, la historia de la Villa Imperial de Potosí se fue modelando a través de más de 5 siglos de contrastes, dando como resultado una amalgama de sensaciones que el viajero experimenta a medida que recorre sus angostas callejuelas, y se deslumbra con un pasado colonial que el tiempo no ha podido borrar.
Cuenta la historia (o tal vez alguna leyenda) que a mediados del Siglo XVI, un pastor quechua y su rebaño de llamas debieron pasar la noche al pie de una montaña, al extraviarse éste en su camino de regreso. Para protegerse del frío, decidió encender una fogata, encontrándose a la mañana siguiente con una importante sorpresa: pequeños hilos de plata fundida y derretida brillaban entre las brasas de la hoguera. Poco tiempo pasaría para que un grupo de españoles, a sabiendas de la riqueza que el lugar ocultaba, tomara posesión de aquella montaña llamada Sumaq Orcko por los nativos (Cerro Rico, en quechua) y establecieran un poblado que, en un futuro próximo, marcaría para siempre el desarrollo y la vida de las nuevas colonias españolas en territorio americano, y de muchas de las comunidades nativas que en él habitaban.
Tal vez influida por los conquistadores con la esperanza de legalizar sus actividades en aquel lugar, circula otra versión (un tanto sospechosa) en la que se cuenta que, al intentar los incas realizar la explotación de éste mineral, el cerro mismo los expulsó con un terrible estruendo, prohibiéndoles extraer la plata que se encontraba destinada para “los que vinieran después”. De ese sonido, provendría el nombre de la Villa Imperial: Potojsi.
Llegar hasta aquí no fue una tarea placentera. Continuando con nuestra mala suerte a la hora de elegir de entre las muchas opciones de transporte, quedamos ubicados en los últimos 2 asientos de un minibús, con la espalda recta y las  rodillas apoyadas en el asiento de adelante, traqueteando en un camino de ripio, montañoso, y sufriendo de importantes calambres durante horas. En determinado momento, logré cambiar al asiento que da al pasillo y estirar las piernas, pero hacían tope con algo cada vez que me estiraba. Ya al llegar a la ciudad (y con la luz de las farolas), pude observar que el tope era la cabeza de un señor que venía durmiendo recostado en el piso…. 
La Villa Imperial se nos antojó  increíblemente bella.  Llena de historia, museos, iglesias y con gente sumamente amable, nos conquistó a primera vista. Calles angostas, empedradas, con balcones de tipo limeños (moriscos), y una vida muy animada, invita a recorrerla y perderse en sus recovecos. Todo esto dominado por el Cerro Rico de Potosí, casi una entidad en sí misma, que impone respeto y admiración con su imagen portentosa de color ocre,  sus historias y sus pasadizos que guardan aún, no sólo preciosos minerales, sino también los restos de muchos de aquellos quienes dejaron su vida en la búsqueda del precioso metal.
Nuestro primer día  lo dedicamos a caminar libremente por la ciudad, tratando de llevarnos con nosotros cada imagen y cada detalle de un lugar realmente fascinante. Nos perdimos en pequeños callejones peatonales llenos de comercios y casas de comida; ascendimos y descendimos sus estrechas calles; conversamos con su gente, siempre amena y cordial; nos deleitamos con sus casonas coloniales, pintadas de colores vivos y alegres, con hermosas demostraciones de herrería y de trabajos en madera, y nos dejamos llevar por su cadencia y su ritmo tan singular, llena de colorido, y de esa sensación de poder hallar miles de viejas historias, escondidas detrás de alguna verja, o esperando tan sólo a la vuelta de alguna esquina sin ochava. Fue un deleite para nuestros sentidos el encontrarnos allí, donde el pasado aflora en cada rincón.
Esta ciudad maravillosa posee además un legado arquitectónico increíble, lleno de antiguas construcciones que datan de la época colonial, representando diversos estilos constructivos, y ofreciendo al viajero un sinfín de oportunidades a la hora de ocupar sus días. Docenas de Iglesias desperdigadas a lo largo de toda la ciudad, pudiendo encontrar alguna cada 2 o 3 cuadras; museos, llenos de testimonios de una época donde Potosí era reconocida mundialmente por su poderío económico; viejas construcciones palaciegas, testimonios de un pasado en el que los españoles que habitaban la ciudad lo hacían rodeados de grandes lujos y opulencia, etc. Pero fueron sus calles y su gente lo que más nos conquistó.
Considerada la segunda ciudad más alta del mundo, se hizo sentir con fuerza el mal de altura, debiendo caminar siempre pausadamente, y sintiéndome débil y decaído durante al menos dos días. Pero no valía la pena quedarme encerrado. Había tanto por ver, y tan cautivado me sentía, que a paso lento y no sin esfuerzo, fue que transcurrieron mis días en esta ciudad.
Potosí nos ofreció también la posibilidad de encontrarnos con gente maravillosa, con quienes compartiríamos horas de ruta, charlas, paseos, comidas y festejos (el cumple de Mariana primero, y el mío después), y gratos momentos que se encuentran entre las más hermosas experiencias de este viaje. Así fue que nuestros caminos se cruzaron allí con Cori, Julián, Ana, Fabio, Stephanie, Camila, Mónica, Celina, Sabrina, Pablo, Jorge “El Comandante”, y muchos otros.
Durante nuestra estadía, preferimos la libertad de la calle a  la visita de los muchos museos e iglesias de la ciudad, pero no queríamos irnos sin conocer al menos uno de los lugares más importantes de Potosí. Así fue disfrutamos de la visita guiada a la Casa Nacional de la Moneda.
Emplazada en un imponente edificio de piedra construido en el año 1773, recorrimos tan solo algunas de las casi 150 habitaciones distribuidas en torno a 5 patios, disfrutando de su arquitectura de tipo barroca, plasmada con evidencia en su portada, techumbres, balcones y paredes de piedra labrada y ladrillo.
Este hermoso lugar, que por momentos da la sensación de encontrarse dentro de una fortaleza, acumula invaluables obras de arte, dispuestas en diversos ambientes, y trasladando al visitante a una época donde las pasiones religiosas quedaron plasmadas en un sinfín de obras de arte de gran valor estético (expuestas en la mayor pinacoteca virreinal del país), o donde es posible también, observar los diversos métodos de acuñación de monedas,  mediante una colección de numismática que abarca un período de casi 400 años de historia.
Un lugar sumamente interesante, que nos permitió conocer al menos un pedacito de la historia de esta Ciudad que es siempre asombrosa y llena de magia.